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Desplazados en zonas urbanas: Colombia

Yenis y Grimaldo todavía extrañan el hogar del que fueron forzados a huir en EL Salado al norte de Colombia, en el año 2000. “Ahora no hay nada en ese lugar, solo la vegetación”, dice Grimaldo. Ahora en Cartagena alquilan tres cuartos, y un hijo tiene que dormir en una hamaca porque no pueden pagar por una cama.

La primera vez que Henry viajó fuera de su lugar natal fue cuando el conflicto lo desplazó a la edad de 44 y tuvo que encontrar seguridad en Soacha, en el borde meridional de Bogotá. Su hermano mayor, desplazado antes que él, lo ayudó a encontrar un trabajo reciclando basura.

Los sueños que se abandonaron con el desplazamiento: Albert de 22 años, quien alza a su bebé de un mes, Adriana, quería ser médico pero tuvo que comenzar a trabajar en una construcción porque su mamá requería servicios de salud a causa del desplazamiento.

En busca de una venta aunque sea pequeña, Argemiro camina en las calles de Cartagena por las horas, ofreciendo sus escobas y fregonas hechas a mano. Muchos colombianos desplazados encontraron más fácil alimentar a sus familias en el campo que en la ciudad.

Niños juegan en frente de la casa de Eliécer Barón en Cartagena. Este líder comunitario organizó a sus vecinos para construir una escuela para niños desplazados y ahora la comunidad está buscando computadoras para equiparla.

Desplazado dos veces por la violencia de Colombia, Eliécer Barón de 53 años ahora es el líder de 118 familias desplazadas en un área de Cartagena, a las cuales ayuda a acceder a sus derechos. Él nunca volvería a su comunidad de origen. “Uno de mis amigos volvió hace dos años. Lo mataron poco después”.

El sufrimiento de Yenis no terminó después de que ella huyera de la masacre en su ciudad natal de El Salado, hace nueve años. Un año después de las matanzas asesinaron a uno de sus hermanos, quien también había huido, y vivía y trabajaba en otra ciudad. Al parecer, un amigo de uno de los paramilitares comenzó a trabajar en el mismo lugar y y descubrió que su hermano había estado allí.

Grimaldo Hernández de 41 años, su esposa y sus dos niños huyeron por las colinas que rodeaban su ciudad natal, El Salado, después de que los paramilitares mataran a las docenas de personas en febrero del 2000. Antes carnicero y granjero de tabaco, Grimaldo ahora vende café en las cercanías de Cartagena. En un buen mes él puede ganar $150, que es suficiente para cubrir sus cuentas.

Jair de 13 años y su tío, Gerardo, se paran frente a su rancho de cinc, el cual está cerca del borde de un acantilado. Algunas noches las tres camas del único cuarto del rancho albergan hasta a seis personas.

Huyendo de los grupos armados irregulares en 2002, Juan Pablo y su Madre, Luz María, conocían la importancia de conservar sus documentos de identidad. Al presentar su certificado de nacimiento, el niño pudo conseguir un nuevo documento de identidad. Ahora, en Medellin, su madre se enfrenta a grandes dificultades: “Esta es una jungla de cemento. En el campo puedes sembrar todo lo que quieras comer”.

Blanca, aquí con su hija Angie, ha sufrido de ansiedad aguda desde que su marido fue amenazado por los paramilitares y la familia fue obligada a huir. Su marido dice: “Antes de lo que me pasó, a Blanca no le importaba quedarse sola. Siempre iba sola a cosechar el arroz, donde vivíamos. Ahora ya no puede estar sola y si en la noche escucha algún ruido no puede dormir”.

En Soacha, en la periferia de Bogotá, Wilson Vega aprende de su hijo cómo escribir una carta con una computadora. Para las personas desplazadas en las ciudades de Colombia, tener conocimientos básicos de computación puede ser decisivo para encontrar un trabajo.

Todas las imágenes: © ACNUR/ Zalmaï

 

En la indiferencia del resto del mundo, el violento conflicto interno que azota Colombia desde hace cuatro décadas ha obligado a más de de 3,5 millones de colombianos a huir de sus hogares y nuevos desplazamientos se registran casi todos los días. Algunos buscan la seguridad en el extranjero, sin embargo, el 80 por ciento de los desplazados se asienta en los principales centros urbanos del país.

 

Para muchos de ellos las ciudades representan la anhelada seguridad después de que sus seres queridos fueron asesinados, o de que salvaron a sus hijos del reclutamiento forzado. Aún así, los lugares donde consiguen establecerse son a menudo los barrios más pobres, ubicados en empinadas colinas o en zonas costeras sujetas a inundaciones.

 

Quienes proceden de las zonas rurales encuentran a menudo dificultades en ganarse la vida en las ciudades. No pudiendo dedicarse a la agricultura, tienen que encontrar otros trabajos para ganar suficiente dinero para alimentar a sus familias. 

 

Muchos desplazados también están traumatizados. Por ejemplo, algunas mujeres que antes trabajaban y eran independientes, ahora necesitan constantemente de alguien que las acompañe. 

 

El ACNUR trabaja en conjunto con el Gobierno de Colombia para brindar servicios a la población desplazada. Una primera etapa de importancia fundamental fue la colaboración de largo plazo que permitió emitir documentos de identidad para más de 700.000 desplazados colombianos.

 

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