El exilio español en México:
80 años de legado


Este 2019 se conmemoran los 80 años del exilio español en México. A finales de los años 1930, miles de españoles huyeron su país por la violencia, la Guerra Civil y la dictadura de Francisco Franco.

Hoy, estos exiliados hacen un llamado a apoyar a los centroamericanos y venezolanos que actualmente huyen por la violencia y la situación política que impactan a sus países en busca de un mejor futuro

QUIERO AYUDAR A UN REFUGIADO

Entre 20,000 y 25,000
españoles se exiliaron en México
entre 1939 y 1942 gracias al
apoyo del presidente
Lázaro Cárdenas.

Previo a la creación del ACNUR en 1950, México como varios otros países fueron solidarios con apoyar a los españoles al ofrecerles asilo durante la Guerra Civil y la dictadura de Franco, así como de personas de otras naciones en la Segunda Guerra Mundial que se llevaba a cabo al mismo tiempo en Europa.

El 14 de diciembre de 1950 al término de la Segunda Guerra Mundial, se creó el ACNUR para ayudar a los millones de europeos desplazados por el conflicto. La Asamblea General de Naciones Unidas otorgó a ACNUR un mandato de tres años para completar sus labores y luego disolverse. Hoy, 69 años después, nuestra organización continúa con la labor de proteger y asistir a los refugiados alrededor del mundo. En México, el ACNUR tiene presencia desde 1982 y ha apoyado a los exiliados

de las dictaduras en América Latina en los años 1980 y de la Guerra Civil en Centroamérica en los años 1990.

A finales de los años 1930 y principios de los 1940, miles de españoles optaron por huir debido a la violencia y la persecución que se vivía en España durante la Guerra Civil y el franquismo. De estos refugiados se estima que la inmigración de intelectuales o élite español se conformaba de aproximadamente un 25% del total (5,500 aproximadamente). A este fenómeno también se calificó como el exilio republicano español debido a que estaban vinculados al gobierno republicado derrotado.

Los Gobiernos de las Repúblicas mexicana y española habían preparado el asilo para un gran número de españoles, cuyo desembarco data del 13 de junio de 1939, fecha en que el barco Sinaia tocó tierra en Veracruz. Los barcos Mexique, Ipanema, Orinoco, Flandre o Nyassa también significan para muchos de ellos la salvación en su nuevo país de acogida: México.

Se destaca también que llegaron además obreros, campesinos, así como militares, marinos y pilotos, hombres de Estado, economistas y empresarios, todos ellos vinculados al Gobierno republicano derrotado en la guerra.

Gracias al apoyo del Ateneo español, ACNUR accedió a varios exiliados para relatar sus historias.

Los barcos que trasladaron a los españoles a México fueron: el Sinaia (23 de mayo de 1939, con 1800 personas), el Ipanema (7 de julio de 1939 con 998 personas), el Mexique (27 de julio de 1939 con 2200 personas), el Flandra (7 de noviembre de 1939 con 273 personas), el Nyassa (22 de mayo de 1942 con 863 personas) y el Serpa Pinto II (1 de octubre de 1942 con 36 personas).






Mi padre decía, 'no fui yo, fue México'

----- LAURA BOSQUES 98 AÑOS



Contrario a lo que podría esperarse, cuando Laura describe a su padre, Gilberto Bosques, sus palabras son muy breves y transmiten una humildad que conmueve. Como Cónsul General de México en Marsella, Gilberto Bosques lideró la salida de miles españoles, judíos, alemanes y personas de diferentes nacionalidades que huían de la persecución y la guerra hacia el puerto de Veracruz. Les salvó la vida.

A sus 98 años, Laura opina que su padre, un hombre al que describe como congruente y bueno, trabajador y disciplinado, simplemente cumplió con el rol que le tocó jugar en la historia. Ni más, ni menos.













TESTIMONIOS

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----- EMILIANA CLARACO

----- ENRIQUE DALIAS

----- HELIOS ESTÉVEZ

----- LAURA BOSQUES

----- LUCINDA URRUSTI

----- PIEDAD SEMITIEL

----- RAFAEL URRUSTI

----- VICTOR RIVERA

QUIERO AYUDAR A UN REFUGIADO
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EMILIANA CLARACO


Por Daniel Díaz Mayorga

"80 años de estar en México"



La vida de Emiliana Claraco tomó un giro inesperado cuando tuvo que salir huyendo de Sangarrén, provincia de Huesca, España. Tenía 13 años y la Guerra Civil había estallado.

La vida en Sangarrén, donde apenas vivían 500 personas, era muy calmada. Emiliana acostumbraba dar de comer a los animales e ir al río por agua. Esa tranquilidad le fue arrebatada.

“Cuando íbamos a dormir se oían las ametralladoras, los tiroteos, estábamos en el mismo frente”, recuerda.

A los 14 años llegó al pueblo aragonés de Caspe para encontrarse con su hermana, quien tenía dos hijos, de tres y de seis años. Los bombardeos les obligaron a huir del pueblo. Cada una cargó en brazos a uno de los pequeños, pensando que podrían encontrar seguridad en un lugar desconocido.

El cuñado de Emiliana pasó por ellas en un auto y salieron todos hacia Lérida, donde se encontraron con el padre de Emiliana.

El señor Claraco se encargó de que en la mesa hubiera pan, conejo, pollo, tortillas de patata y pan. También se aseguró de entregarle ropa a su familia. El padre de Emiliana quería prolongar su estancia, pero tenía que recoger a su esposa en otro lugar. Partió de la estación de Lérida sin saber que sus lágrimas y las de sus hijas serían las testigos de ese último encuentro.

Emiliana aún conserva un tenedor de metal como recuerdo de aquel momento.

Dieron vuelta a esa página. El siguiente destino fue Sabadell, donde vivían unos familiares. Se quedaron un mes y se fueron a Barcelona, donde Emiliana recuerda que no tenían para comer. Apenas llegaron y comenzó la invasión de Cataluña, por lo que nuevamente huyeron.

Llegaron a Fígueras, que también fue bombardeado. Durmieron en la cuadra de los animales, pernoctaron unos días y salieron hacia otro pueblo por el Pirineo.

“Estaba lloviendo y hacía frío. Llegamos al pueblo donde vivía una chica de mi pueblo, su esposo era contrabandista, y en la casa tenía de todo. Las camas limpias. Ahí comimos, estuvimos descansando, y vinieron unos militares de Barcelona y decían: ‘Esta noche cae Barcelona’”.

El escenario donde Emiliana cargaba a uno de sus sobrinos y su hermana cargaba al otro pequeño, se repitió. Su cuñado no podía ayudarles a cargar porque se encontraba enfermo de las piernas. Caminaron por la montaña con los niños en brazos, soportando el frío y luchando contra la nieve. Finalmente llegaron al Pirineo francés. Entre las montañas se hicieron camino hasta Perpiñán, Francia, desde donde emprendieron el viaje hacia Burdeos, y de ahí a Coñac.

Las cárceles fueron habilitadas con el propósito de albergar a quienes llegaran a la ciudad.

“Las celdas eran pisos de madera, había chimeneas y el colchón era de paja. Estaba la cárcel llena, acomodaron las mesas y los bancos para sentarnos y ése era el comedor. Nos daban desayuno, un quesito y un café, pan y una dona”.

En este espacio convivían con una señora que las atendía, Margarita, a quien Emiliana describe como muy mala y burlona. En febrero del siguiente año, los regresaron a Perpiñán, donde prepararon a Emiliana y a su familia para subirlos al barco hacia México. Margarita intentó persuadir a Emiliana de regresar a España:

“Yo le decía que yo no me iba a España porque les tenía miedo a los moros, y a pasar la frontera. Decidí continuar el viaje”.

El 24 de mayo de 1939 zarparon en el barco Sinaia, donde se mantuvo ocupada con una amiga catalana, cosiendo y ajustando los trajes de las personas que venían de los campos de concentración.

En palabras de Emiliana, el recibimiento en el puerto de Veracruz fue inolvidable, mucha gente, muchos abrazos hacia los recién llegados.

Después de dos días en el puerto de Veracruz, Emiliana y su familia salieron hacia la Ciudad de México en un tren donde conocieron a Don Luis, quien los invitó a su hacienda en Toluca.

“La señora (de la casa) nos regaló un vestido a mi hermana y otro a mí. Nos quedó perfecto. Comimos con ellos y ahí estuvimos. Mi cuñado trabajaba en el campo y nosotros ahí vivíamos. Nos acondicionaron con muebles antiguos, nos dieron dos habitaciones, comedor, una planta baja y ahí vivimos. No tuvimos que pasar ningún apuro”, evoca.

Tiempo después dejaron la hacienda y se instalaron en Tlalnepantla, en las periferias de la Ciudad de México. Un 7 de abril, el cuñado de Emiliana invitó a comer a la casa a un conocido. Fue la primera vez que vio a su esposo. En 1948, Emiliana y su esposo montaron un negocio de producción de carretes de hilo.

“Yo me hice cargo del personal, y mi esposo veía los clientes compraba el hilo, éramos 10 de momento. Ahora son alrededor de 800 trabajadores”.

Actualmente, los tres hijos de Emiliana y José llevan la empresa.

Emiliana se asume más como mexicana que como española, pero afirma tener un gran cariño por ambos países, porque “la tierra siempre llama”.

Los claroscuros que Emiliana pasó durante su vida, le permiten reconocer que permea la injusticia hacia la población refugiada y migrante. Pero igualmente reconoce que México, como país de asilo, le brindó una oportunidad de vivir con seguridad y dignamente.

“Viví en México, me casé en México con mi esposo de Huesca, lo quise muchísimo. Tengo una familia que no puedo pedir más, espero que cuando yo falte siga la familia igual. Así que gracias a México, a mis hijos, a mi esposo. Gracias al general Cárdenas, porque hay que ver cuántas vidas salvó, cómo nos ayudó y nos abrió las puertas. Y aquí estamos, 80 años de estar en México”.


ENRIQUE DALIAS


Por Pierre-Marc René

El mundo debería estar liberado de que se le exijan a uno documentos



Enrique Guarner vivió solamente seis años en España debido a que su padre, Vicente, militar de carrera y compañero de clase de Francisco Franco desde la adolescencia, se fue a combatir a África. Al estallar la Guerra Civil, el padre se alió a los republicanos y se volvió enemigo de Franco.

“Mi padre tuvo bastante importancia en el desarrollo de la Guerra Civil, estuvo en diversas batallas, prácticamente era el que comandaba todo el frente de Aragón en aquella época y mandaba 48 mil hombres”, relata el hombre de 87 años.

Al terminar la guerra, la familia Guarner tuvo que salir de España y llegó a Casablanca, en la parte francesa de Marruecos, donde vivió entre 1938 y 1941, hasta la invasión de Francia.

Para evitar la deportación de su padre a España, la familia Guarner huyó de nueva cuenta. A petición de su madre, Enrique puso todo lo que pudo en un baúl que conserva todavía y subió, junto con su familia al barco portugués “Quanza” con rumbo a México.

En ese barco se encontraba el presidente de la República Española, Niceto Alcalá Zamora, quien se quedó en tercera clase a pesar de que el capitán le ofreció un camarote de primera. La travesía hasta Veracruz duró 17 días. Llegaron el 19 de noviembre de 1941. La idea era ir a Argentina al igual que Alcalá Zamora, quien sí continuó su camino hasta Buenos Aires.

En Veracruz, la familia Guarner tomó un automóvil hasta Ciudad de México.

“Comimos en Xalapa, quien acompañaba a mi padre decidió que deberíamos probar la comida mexicana. Pidió mole, a mi hermana y a mí se nos ofreció “Coca-Cola”, que a mí me supo a petróleo, el mole era muy picante. Tuve la sensación de que en México me moriría de hambre”, comenta riéndose.

Al llegar a la Ciudad de México, la familia se instaló en una pensión en Bucareli, en el Centro. A pocos metros había un desfile deportivo en Avenida Juárez.

“Mi mamá, que se sentía muy elegante e importante, quedó horrorizada, porque se tiraban naranjas. Era el populacho el que estaba presente en ese lugar, fue el primer contacto que tuve con México derivado de ser refugiado”, señala.

Otro tema impactante al principio fue el cine, porque las películas en Casablanca estaban dobladas al francés, su primer idioma. En México, las películas estaban en inglés y llevaban subtítulos y no le daba tiempo de leerlos.

También le costó entender el significado de las expresiones mexicanas.

“Había un letrero muy grande que decía ‘Ay Jalisco no te rajes’, no entendía por qué se había rajado alguien que se llamaba Jalisco. Después supe que era una película de Jorge Negrete y que ‘rajarse’ era ‘acobardarse’”, explica.

Para Enrique, el contacto real con los mexicanos lo tuvo hasta que entró a la Facultad de Medicina de la UNAM, que entonces se ubicaba en el Centro Histórico, pues antes estudió en un colegio español y vivía en un barrio de puros españoles.

Ahora un reconocido psicoanalista, formado también en Estados Unidos.

La casa de Enrique es una especie de museo que guarda fotos, libros, vinilos, discos y toda clase de objetos de su familia. En su oficina hay una pared con un enorme retrato de Vicente vestido de militar y de la que cuelgan sus medallas.

También guarda un libro de Antoine de Saint-Exupéry, La Terre des Hommes (La Tierra de los Hombres), dedicado por el autor a su padre, a quien conoció en un avión que llevaba correo al Sahara.

Para él, la migración es un fenómeno natural de todo ser vivo, empezando por los animales que deben salir de donde habitan y refugiar a otro lugar si el clima es inadecuado o si no hay recursos para vivir bien.

“Lo que estamos viendo en este momento tiene que ver con los refugiados que huyen de las economías pobres y de las situaciones desfavorables en búsqueda del lugar donde pueden ser acogidos y donde pueden directamente desarrollarse”, relata.

Enrique se refiere a uno de sus libros favoritos, “El Principito”, cuando el protagonista llega a la Tierra y le piden papeles por venir de otro planeta.

“El principito se pregunta por qué tenía que tener papeles para vivir en cualquier sitio del mundo. En realidad, el mundo es un planeta y debería de estar liberado de que se le exijan a uno documentos”, termina.


HELIOS ESTÉVEZ


Por Pierre-Marc René

Queríamos recuperar el tiempo que la vida nos había robado



Helios Estévez tenía sólo dos meses cuando su padre se fue de la casa a combatir en la Guerra Civil española en 1936. Fue hasta los 19 años, en 1970, que pudo volverlo a ver y conocerlo en Ciudad de México, donde se exilió con miles de otros españoles que huyeron del franquismo.

“Vine a México a conocer a mi padre. La ilusión de la familia fue siempre unirnos en algún país. Como en España mi padre no podía regresar porque seguía la dictadura, pues intento yo a los 19 años venir con la ilusión de traer después a mi madre y a mis hermanas. Cuando ya estábamos a punto de conseguirlo, mi padre fallece inesperadamente y los sueños se rompen sin saber si quiera como decírselo mi madre”, cuenta Helios.

A sus 83 años y establecido en Guadalajara, el escritor y poeta español no tiene recuerdos directos de la Guerra Civil, pero sí de la dictadura que hizo huir a su padre, que estuvo en el frente de Asturias durante un poco más de un año antes de irse a Francia y luego a México.

“Cuando ya el frente lo iban derrotando, mi padre se marchó a Barcelona. Estuvo ahí un año y pico. Luego se pasó a Valencia. Regresó a Barcelona y de ahí finalmente atravesó los Pirineos y llegó a Francia. En Francia estuvo casi dos años esperando quizás que la dictadura no durara, pero eso no sucedió”, relata.

Al llegar el último barco que vino a México, el Serpa Pinto, de bandera portuguesa, su padre pudo exiliarse en México en 1942.

Su madre la comentó que la despedida en 1936 fue muy difícil.

“Mi madre era muy joven, tenía 27 años, yo dos meses, nací en el año 1936 en plena guerra, y me cuenta mi madre que mi padre me agarró en sus brazos y me dio un beso. Mi madre lloraba desconsoladamente, entonces mi padre le dice: ‘Pero mujer, no llores tanto, esta locura no puede durar’, pero ya ves, duró tres años y nunca más se volvieron a ver. A ese beso, yo llegué a México, le traigo ese beso y le hago un poema”, explica.

Helios cuenta con mucha emoción el encuentro en México con su padre, en 1970.

“Yo traía su foto, él traía la mía y bueno, fue algo que no sé ni expresarlo. Queríamos recuperar el tiempo que la vida nos había robado, hablamos de la vida, del amor, de los porqués, de los silencios del alma. Lloramos juntos, hicimos planes”, recuerda.

Tres años vivieron juntos, aunque su padre viajaba mucho. Se veían cada tres o cuatro días, iban al fútbol.

“Me duele que mis hermanas no pudieran (escuchar la historia de mi papá), porque sí es doloroso dejar unas hijas como dejó de dos y cuatro años y que nunca más lo volvieron a ver”, confiesa.

Cuando falleció su padre, Helios pensó regresarse a España, pero estaba preocupado en quién le iba a ir a dejar flores en su tumba, por lo que se quedó en México.

“La vida en México le fue muy difícil. Era un hombre intelectual que no es fácil ganar dinero, y siempre con el dolor del exilio, era un romántico con la esperanza siempre de que la dictadura no podía durar tanto y que se iba a reencontrar con su familia en España. A los casi cuatro años que llegué yo lo alcanza la muerte inesperadamente. Fue dramático”.

Para Helios, vivir en México le cambió la perspectiva de las cosas.

“En México encuentro un país con más libertades, un país mejor que el que dejo, porque de la guerra España quedó deshecha. Encuentro un país con más luz, con más coches, mujeres conduciendo, me deslumbra bastante la capital de México. Vi más oportunidades para quedarme”, explica.

Agradece a México por haber recibido a los españoles con los brazos abiertos, especialmente a los 25 mil exiliados de la guerra, entre ellos a su padre.

“Muchos de los exiliados murieron más de esa infinita tristeza que da el exilio, que de las propias enfermedades. Ha sido muy duro para ellos el exilio, aunque aquí vivieron su pequeña República porque México los abrazó y los protegió. De hecho, no hubo relaciones con España hasta la muerte de Franco”.

Helios recuerda a su padre como un hombre de bondad, una persona idealista que fundó una escuela en España para ayudar a los que menos tienen.

“Quizás el mundo carece de esa gente idealista, política, que sí eran políticos de corazón para hacer sembrar y hacer el bien donde estuvieran”, afirma.

Asegura que sólo con el conocimiento y una educación para todos se puede hacer sociedades más igualitarias y más felices.

“Mi padre luchó, dio su vida buscando esa igualdad entre las personas, pero que eso solo tenga que ser a través la cultura. Educación, educación y más educación para todos y dar el ejemplo día a día”, concluye.


LAURA BOSQUES


Por Silvia Garduño

Mi padre decía, ‘no fui yo, fue México’



Contrario a lo que podría esperarse, cuando Laura describe a su padre, Gilberto Bosques, sus palabras son muy breves y transmiten una humildad que conmueve.

Como Cónsul General de México en Marsella, Gilberto Bosques lideró la salida de miles españoles, judíos, alemanes y personas de diferentes nacionalidades que huían de la persecución y la guerra hacia el puerto de Veracruz. Les salvó la vida.

A sus 98 años, Laura opina que su padre, un hombre al que describe como congruente y bueno, trabajador y disciplinado, simplemente cumplió con el rol que le tocó jugar en la historia. Ni más, ni menos.

“Por supuesto que me siento muy orgullosa de ser hija de Gilberto Bosques, pero él hizo su trabajo, extraordinario afortunadamente, y así fue la vida.

“Era un hombre muy humano, le tocó proteger a mucha gente, protegía primero a unos, y luego, cuando cambió el gobierno, protegía a los otros. Él decía: ‘no fui yo fue México’”, comenta.

La historia que cuenta Laura es que su padre, anticipando que se acercaba un gran conflicto, convenció al Presidente Lázaro Cárdenas de enviarlo a Francia, supuestamente, para hacer un estudio sobre la política educativa gala en las colonias.

En realidad, señala Laura, como director del periódico El Nacional, Gilberto Bosques estaba muy bien informado, y quería estar en un punto estratégico, desde donde después tuvo la oportunidad de liderar el salvamento de miles de personas.

Fue nombrado Cónsul General de México en París por el General Cárdenas, y Laura recuerda con mucha claridad el día que llegaron a la capital francesa, procedentes de Nueva York.

“Llegamos a Paris el 31 de diciembre de 1938 y ahí estuvimos unos días. Ya se sentía un ambiente tenso, porque la gente sabía que podía estallar una guerra y efectivamente, estalló ese año.

En 1939, Laura tenía 15 años. Estallaba la Segunda Guerra Mundial, los alemanes ocuparon Francia y ellos tuvieron que trasladarse al sur, la parte “no ocupada” de Francia. El consulado mexicano tuvo que trasladarse a Marsella.

A Laura y sus hermanos, su papá siempre les dijo que no tuvieran miedo y ella dice que, pese a las circunstancias, nunca temieron.

“El mundo entero se fue a Marsella, mi papá con su consulado, pero su trabajo estaba ahí, los demás estaban de paso. Y ahí fue donde pasó todo lo que pasó, toda la protección, especialmente a los españoles”, recuerda.

Laura hace mucho énfasis en que, antes de que su padre pudiera conseguir los barcos para trasladar a la gente a México, primero la puso a salvo en donde pudo, incluyendo dos castillos.

“Él tomó hoteles, pensiones, para proteger a los españoles, pero era insuficiente. Entonces alquiló dos castillos, el Castillo de la Reynarde y el Castillo de Montgrand. En esos castillos pudo proteger a mucha gente”, cuenta.

Laura cuenta que cuando los alemanes toman por completo Francia, todos los diplomáticos latinoamericanos fueron entregados por los franceses a los alemanes, y trasladados a Bad Godesberg, Alemania, donde vivieron encerrados por casi dos años, a veces comiendo únicamente una papa al día.

A Laura le pesa un poco que la captura impidió que su padre pudiera proteger a más personas.

“No hay nada peor que la guerra, es muy triste, muy doloroso todo. Si ha habido más barcos, indudablemente viene más gente. Hasta que nos llevaron a nosotros mismos a Alemania, estaban protegidos todos”, dice.

En marzo de 1944, Gilberto Bosques y su familia regresaron a México, y fueron recibidos en la estación de ferrocarril Buenavista, en la Ciudad de México, por miles de españoles.

Laura cuenta que llegaron en tren desde Nuevo León, y que en cada estación que paraba el tren, se detenía más de la cuenta, pues españoles y judíos querían saludarlo.

Su padre estuvo en México un año y después fue enviado a Portugal, con la misión, nuevamente, de salvar españoles republicanos, para lo cual, llegó a un “pacto de caballeros”, nada por escrito, con el dictador Antonio Salazar.

“Era muy difícil, la misión más difícil que tuvo, él puso las cartas sobre la mesa y le dijeron que era imposible. Entonces dijo, ‘vámonos bajo palabra de honor’ sin nada escrito, y lo aceptó. Él alquilaba una casa en Lisboa, porque a veces tardaban los barcos, muchos salieron en avión, pero en esa casa esperaban mientras, pero salieron, y Salazar cumplió su palabra”, relata.

La historia que ha atestiguado le da a Laura elementos para sostener que México debe seguir con su tradición de asilo y brindar protección a quien lo necesite. Actualmente son los centroamericanos y los venezolanos.

“Ahora toca abrir las puertas a los latinoamericanos, a nuestros hermanos. México tiene una tradición y la sigue cumpliendo, porque además hay tratados escritos.

“México siempre fue abierto. Y seguirá, espero”.


LUCINDA URRUSTI


Por Pierre-Marc René

Ojalá tengan posibilidades como las tuvimos nosotros



La Guerra Civil en España tiene una presencia importante en la memoria de Lucinda Urrusti. Aunque era apenas una niña, ella y su hermano sabían que algo no andaba bien.

Tenía 10 años cuando su familia tuvo que huir de España. Su padre, militar de carrera, sabía que al derrocarse el gobierno republicano habría represalias.

“Como mi hermano y yo éramos muy jóvenes, no sentíamos la tragedia. No es que uno no se percatara porque había bombardeos, sonaban las sirenas a cualquier hora y tenías que correr a los refugios. Luego había la lucha de aviones extranjeros. Para mi hermano y para mí era muy bonito verlo. Mi madre se ponía muy nerviosa, ‘métanse dentro’, nos decía, ‘porque esos aviones llevaban ametralladoras’”, recuerda la mujer de 90 años.

Cuando Madrid fue cercada, la familia Urrusti tuvo que salir. Lo más fácil era ir a Cataluña, cerca de la frontera con Francia.

La familia Urrusti fue trasladada al norte de Francia, pero el padre se quedó en España y no tuvo noticias de él durante mucho tiempo. En Francia, Lucinda y su hermano enviaban cartas a los campos en el sur, donde fueron trasladados los hombres, para saber si su padre había podido cruzar la frontera.

“No sabías si tu padre pasó la frontera, si estaba en Francia o si murió en España. En una carta nos contestó que sí estaba en uno de los campos”, comenta.

El padre de Lucinda estaba en un campo en la costa sur francesa en condiciones miserables, durmiendo en las playas con los demás hombres exiliados, pero tenía la oportunidad de viajar a Rusia o a México para mantener a su familia a salvo.

Para poder tomar el barco que México ofreció a los exiliados españoles, la familia Urrusti debía ir al puerto de Sète, en el sur del país. No tenían dinero para llegar, pero muchos exiliados se unieron para juntarlo.

“Mi madre cosía muy bien y con los trabajos de ella pudimos subsistir. Los que se quedaban nos daban lo poco que tenían para que llegáramos al puerto y no perdernos el barco. Son momentos en que ves lo peor y lo mejor de la humanidad”.

Lograron llegar a París, y en la terminal de tren, un francés que hablaba español y que pertenecía al Partido Socialista se percató que la familia era refugiada y se acercó para ayudarlos.

“Nos dijo que iba a regresar en la noche con el dinero, nadie creía que iba a cumplir, y resultó que sí. Nos dio francos y pudimos llegar a Sète, reunirnos con mi padre y llegar al puerto donde salía el barco para México”, señala.

Para Lucinda, la travesía a México en el Sinaia fue linda y llena de expectativas. En el barco, comían mejor y el gobierno mexicano había preregistrado las personas según sus funciones y profesiones para asignarles una ciudad de acogida una vez en Veracruz. La Ciudad de México fue el destino final de la familia Urrusti.

“Nos habían puesto en una bodega, era horrible el calor y era imposible dormir. Mi padre ideó una solución y nos puso en lanchas de salvamento para dormir. Fue fantástico, aunque a las cinco de la mañana pasaban los marineros lavando la cubierta del barco”, cuenta.

A Lucinda le pareció que la travesía a México no se iba a acabar nunca, pues duró muchos días y sólo veía cielo y mar, por lo que pensaba que el resto del mundo, fuera de Europa, era así.

Por alguna razón que Lucinda no recuerda, la familia Urrusti fue trasladada a la Ciudad de México en ambulancia ya que no tenían otra forma para moverse de Veracruz.

“Descubrimos la cuidad y su grandeza. Nos pusieron en un hotel en la calle Guerrero. Así es que empezamos a reconstruir nuestras vidas en México”, comenta.

Su padre no pudo ejercer su profesión en México porque por ley hay que ser mexicano de nacimiento para ingresar en el Ejército.

"Empezamos el exilio fatal aunque a mi madre le regalaron una máquina de coser y con eso pudimos comer", recuerda.

A cumplir sus 18 años, Lucinda y su hermano solicitaron la nacionalidad mexicana.

Lucinda estudió hasta la preparatoria en el Colegio Luis Vives, fundada por españoles que llegaron a México.

“Tuve maestros formidables. El director del colegio era el señor Landa, que un día me preguntó qué iba a hacer después de la prepa. Me dijo que los maestros le comentaron que tenía talento y facultades para dibujar y me metí a la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda”, detalla.

Hoy Lucinda es reconocida como una de las grandes pintoras de México con una obra calificada de impresionista y abstracta.

Tras relatar la historia de su vida, Lucinda reflexiona sobre quienes hoy huyen de sus países y llegan a México:

“Hoy me pongo en sus zapatos y me digo: ‘Pobre gente, lo va a pasar mal. Ojalá tengan posibilidades como las que tuvimos nosotros’”, finaliza.


PIEDAD SEMITIEL


Por Pierre-Marc René

Nos recibieron con el alma y con el corazón



Piedad Semitiel recuerda a sus 91 años todo el proceso de huida de España, del cual guarda textos, poemas, fotografías y documentos, algunos del Nyassa, el barco en el que llegó a México.

Nació en la ciudad española de Aluzma, cerca de Melilla, en Marruecos, pero vivió la Guerra Civil en Cieza, en la provincia de Murcia, de donde son originarios sus padres y abuelos. Tenía ocho años cuando estalló el conflicto, en 1936. Fue separada muchos años de su padre, médico de profesión, porque ingresó al Ejército.

“A Murcia llegaron muchos refugiados, surgieron los milicianos y había que recabar dinero para ese ejército de voluntarios”, cuenta.

En las actividades de recaudación había un poeta muy joven, de quien nunca supo el nombre, pero le dedicó tres poemas. El poeta falleció en la guerra y ella ha recitado sus poemas toda su vida.

Fue un tío quien persuadió a la familia a huir de España, a lo que la madre de Piedad se resistía. “Si no sales te van a fusilar”, dijo el tío a la madre, con lo que no hubo mayor discusión.

De Murcia, la familia sin el padre se fue a Valencia. La madre cambió de identidad y comenzó a usar el velo negro que identificaba a las viudas de guerra.

Viajaron en autobús, de Valencia a Barcelona, de Barcelona a Girona y de Girona a Olot.

“En el camino mi mamá se pone a conversar con una señora que nos aloja en su casa y nos jura que, por su hija que está condenada a 20 años de cárcel por el franquismo, nos va a ayudar a pasar la frontera y efectivamente, nos consigue un guía”, explica.

Piedad caminó con su madre y con su hermana durante 24 horas para cruzar los Montes Pirineos, desde Molló, hasta Lamanère, en Francia, entre el 8 y 9 de septiembre de 1939. Su padre ya se encontraba en Francia.

“Mi padre nos viene a buscar al campo y nos lleva a Montauban, cerca de Toulouse. Ahí vivimos tres años”, cuenta.

Aunque muchos españoles huyeron a México en 1939, a través de las gestiones del Cónsul General en Marsella, Gilberto Bosques, la familia de Piedad salió hasta 1942, cuando se agrava el conflicto en Francia.

“Gilberto Bosques le manda una carta a mi papá y le dice que las puertas de México están abiertas para nosotros. Salimos de Montauban para Marsella y de Marsella hubo un barco que nos llevó a Oran, en Argelia, en pésimas condiciones. Atravesamos el estrecho de Gibraltar en un barco que nos lleva a Casablanca. De Casablanca partimos en otro barco, el Nyassa, de bandera portuguesa, que nos trajo a Veracruz”, dice.

Entonces tenía 14 años. Recuerda que una niña de dos años murió en el barco.

“A la criaturita la envolvieron en banderas, y fue arrojada al mar”, cuenta dejando escapar las lágrimas.

En el barco también venían dos familias de origen judío que casi no salían del camarote.

“Venían con mucho temor, hay que comprenderlo. A las niñas las recuerdo vagamente, eran de la edad de mi hermana y mía”, relata.

La angustia que se vivía en el barco cambió por completo al llegar al puerto mexicano.

“Había docenas de lanchitas con banderas republicanas y mexicanas, marimba, guitarras tocando canciones mexicanas. Otros cantaban canciones de la guerra, había lanchas con frutas que no conocíamos, piñas, chirimoyas, unas pencas de plátanos inmensas”.

La familia Semitiel se trasladó a la Ciudad de México a una pensión que había encontrado un amigo del padre. Los padres fueron contratados en el Sanatorio Español, él como médico, ella como partera, tras lograr que la Facultad de Medicina de Valencia les mandara sus títulos universitarios.

“Nos recibieron con los brazos abiertos, con el alma, con el corazón. Es cierto que los refugiados aportaron. Yo soy médico pediatra. Estudié en la Facultad de Medicina antigua, la que estaba en la calle de Brasil”, señala.

Al cumplir 18 años, Piedad pidió de manera voluntaria la nacionalidad mexicana, lo que le hacía perder en ese entonces la nacionalidad española, que años después recuperó.

“Soy hispano-mexicana”, comenta.

Al terminar sus estudios de medicina, en 1952, Piedad decidió visitar España y Francia para reconectarse con los lugares que marcaron su infancia.

Sus papás estaban preocupados de que Piedad fuera a ser detenida o que sufriera represalias en España, así que se fue con cartas del decano de la Universidad, a sus homólogos de instituciones de Madrid, Valencia y París.

Cuando visitó el internado donde hizo parte de la primaria y secundaria en Francia, las vigilantes la reconocieron.

“Me invitaron a ir al l´école y ahí quedarme una o dos noches, me prestaron una bicicleta y me fui a Montbeton, pasaron muchas cosas muy emocionantes”, relata.

Piedad entiende la realidad de las miles de personas centroamericanas que hoy están dejando sus países y llegando a México, huyendo de la violencia y la persecución, y pide aceptación, pues las vidas de muchos de ellos, están en peligro, como lo estuvo la suya propia hace 80 años.

“Habrá quien se ha lanzado a la aventura, habrá quien huye porque está en peligro su vida y la de sus hijos, y habrá quien por necesidades económicas esté buscando refugio en otros lugares. La migración hay que legalizarla, hay que respetarla, hay que ordenarla, pero tú no puedes pararla nunca”, concluye.


RAFAEL URRUSTI


Por Pierre-Marc René

Hacer de México un país de acogida



Rafael Urrusti Alonso es descendiente de una familia que huyó de España en 1939. A sus 61 años y al cumplirse 80 aniversario del exilio español, el reconocido músico promueve que se declare “ejemplo de la humanidad”, a Gilberto Bosques, quien por órdenes del Presidente Lázaro Cárdenas, gestionó la acogida de decenas de miles de refugiados españoles y europeos en México.

“Lo que significan Gilberto Bosques y la política de México del Presidente Lázaro Cárdenas es la diferencia entre la vida y la muerte para decenas de miles de personas. Siempre he tenido la inquietud de honrarlo como se merece, si es que hay manera de medir eso, de salvar a tantísimas miles de vidas”, declara el flautista.

Si bien Urrusti Alonso no vivió directamente el exilio español, su familia le ha contado cómo aconteció. Su abuelo materno trabajaba en Telégrafos y era abogado. Cuando estalló la guerra, su abuelo estaba con el gobierno, lo que hacía más difícil la huida.

Su abuelo paterno, de quien Urrusti lleva el nombre en su honor, era militar y se dedicó a la protección de civiles durante la guerra.

“Iban derrotados arrodillados al siguiente lugar. Llegan a Francia distintos grupos. Coinciden las familias en campos de concentración en Francia. Fueron decenas de miles de familias”, comenta.

Con las herramientas médicas actuales, afirma, su abuelo hubiera sido declarado con síndrome postraumático.

De acuerdo con los relatos que le contaron sus padres, en Francia, el índice de mortandad infantil en los centros de concentración de refugiados era peor que en los campos de concentración alemanes, pues los niños morían con mayor facilidad.

Quienes llegaban al sur de Francia, relata, se quedaban en la playa a la intemperie.

“Cada persona era una tragedia. Todos preguntaban por alguien que habían perdido”, comenta.

Es en ese momento, señala, cuando Cárdenas ofreció a los españoles la posibilidad de venir a México y pide a Gilberto Bosques organizar la travesía en distintos barcos.

“Siempre he sentido una deuda que no se ha pagado, ni de México ni de los refugiados españoles y antifascistas, ni de los judíos, con Gilberto Bosques, por lo que ha hecho por los españoles y judíos”, expresa Urrusti.

Por lo tanto, quiere promover un proyecto que reconozca a Gilberto Bosques y honrarlo mediante el nombramiento de una fuente, parque u otro lugar emblemático en su honor que llevara la leyenda: “Gilberto Bosques, ejemplo de la Humanidad”, para reconocer la política que impulsó como un valor nacional y vinculo cultural de México.

“Que me digan hoy dónde está el héroe que salva decenas de miles del diferente, del otro, jugándose la vida y parte de su familia. Es un ejemplo”, reclama.

Considera que es un proyecto importante que se debe de retomar ahora, no sólo por la conmemoración del 80 aniversario del exilio español, sino por la xenofobia impulsada actualmente en contra del emigrado.

“Cualquiera empieza a decir que el problema es que roban nuestro trabajo, la cultura y nuestras tradiciones. Es tan fácil y es bien importante en este momento hacer de México un país de acogida, que recordemos que estamos casi destinados por cultura a abanderar un movimiento humanista que puede ser además una bandera internacional de ética.

“Tenemos que tomar consciencia como nación y ser un ejemplo mundial, porque todo mundo está lleno de odio. Si México puede superar eso, políticamente puede volver a ser está luz de independencia cultural y de cultura migración, de humanidad y solidaridad”, agrega.

Urrusti insiste en que, así como México abrió sus puertas a los españoles, hoy toca abrirlas a los centroamericanos.

“Como hijo de republicanos españoles he heredado esta cuestión quijotesca, siempre he sentido esta solidaridad con el sufrimiento. Cuando veo a refugiados yo estoy ahí, todos somos refugiados. No sabemos cuándo lo podemos ser”, asevera.


VICTOR RIVERA


Por Pierre-Marc René

A los cinco años no puedes ser refugiado político, eres simplemente un niño



Víctor Daniel Rivera Grijalva tenía cinco años cuando su familia salió huyendo de España en 1939, en plena Guerra Civil. Como miles de españoles la familia Rivera se exilió en México.

El hombre, quien tiene ahora 85 años, recuerda que salieron en un coche hasta los Pirineos, pero ahí tuvieron que hacer el resto de camino hacia Francia caminando porque la milicia atacaba a los autos para “no dejar al enemigo ningún vehículo”.

Un tío que ya estaba en México y quien trabajaba como contador en una fábrica de Casimires Santiago le mandó dinero a su padre para viajar en uno de los barcos que ofreció el gobierno mexicano a los españoles.

La familia Rivera se subió al Flandre, que llegó a México el 7 de noviembre de 1939. El tío le prohibió viajar en el barco en tercera clase, por lo que el padre compró boletos para la segunda clase.

“En el documento del barco aparece ‘clase intermedia’, o sea es muy bonito. Incluso el menú está hecho en cartoné y a color, y era de clase intermedia. Dormíamos en el barco en literas, y tenía la clásica parábola. El barco era muy interesante, el trayecto muy bonito y tuvimos la oportunidad de que vino Antonio Robles, que era un escritor de cuentos español, y en la tarde nos contaba en la proa de barco a los niños, a todos los de clase primera y los de segunda”, cuenta mostrando el menú del barco.

Víctor todavía guarda los pasaportes y documentos migratorios con los que su familia viajó a México. Conserva también un juego chino Mahjong que su padre trajo en la maleta, un regalo que al que le tenía mucho aprecio y única cosa que se trajo de España.

La familia salió de Saint-Nazaire, en el oeste de Francia.

Víctor recuerda que el primer puerto que tocó el barco fue La Habana, donde tuvo el primer contacto con las piñas. El barco continuó su ruta a México, donde un amigo de su tío los esperaba para ir a la capital.

En España, su padre era político, aunque estudió abogacía. Al llegar a México, debía aprender todas las leyes mexicanas. Decidió dedicarse al comercio y abrió una farmacia, cuyas básculas y caja conserva hoy Víctor.

Víctor hizo sus estudios de primaria, segundaria y preparatoria en los colegios fundados por los españoles exilados en México Evita usar la palabra refugiados, él prefiere emigrantes y se identifica como tal.

“La palabra refugiado se puede aplicar a mi padre, a todos aquellos que vinieron por cuestiones políticas pero mi madre, solo era la esposa de mi padre. No entiendo el concepto refugiado en este caso, y menos un niño, a los cinco años no tienes ninguna vocación, eres simplemente un niño”, dice.

Víctor es arquitecto de formación. Siempre le ha interesado la arqueología y considera que la vida lo llevó a hacer lo que más le gusta, pues lleva 55 años en la UNAM dando clases de arquitectura prehispánica.

“La materia que doy es única. Tengo contacto con más arqueólogos que arquitectos. He dado clases incluso en doctorado a arqueólogos, porque los arquitectos que entraban a tomar la clase estaban tan mal preparados para la materia mía, que los obligaba a tomar el mismo curso que yo daba en licenciatura para que pudieran ellos asistir a los cursos que daba en el doctorado”, dice.

Víctor agradece a México por el apoyo que le ha brindado a los exiliados españoles, quienes también le aportaron al país con la creación de varias instituciones académicas.


LAURA BOSQUES


Por Silvia Garduño

Mi padre decía, ‘no fui yo, fue México’



Contrario a lo que podría esperarse, cuando Laura describe a su padre, Gilberto Bosques, sus palabras son muy breves y transmiten una humildad que conmueve.

Como Cónsul General de México en Marsella, Gilberto Bosques lideró la salida de miles españoles, judíos, alemanes y personas de diferentes nacionalidades que huían de la persecución y la guerra hacia el puerto de Veracruz. Les salvó la vida.

A sus 98 años, Laura opina que su padre, un hombre al que describe como congruente y bueno, trabajador y disciplinado, simplemente cumplió con el rol que le tocó jugar en la historia. Ni más, ni menos.

“Por supuesto que me siento muy orgullosa de ser hija de Gilberto Bosques, pero él hizo su trabajo, extraordinario afortunadamente, y así fue la vida.

“Era un hombre muy humano, le tocó proteger a mucha gente, protegía primero a unos, y luego, cuando cambió el gobierno, protegía a los otros. Él decía: ‘no fui yo fue México’”, comenta.

La historia que cuenta Laura es que su padre, anticipando que se acercaba un gran conflicto, convenció al Presidente Lázaro Cárdenas de enviarlo a Francia, supuestamente, para hacer un estudio sobre la política educativa gala en las colonias.

En realidad, señala Laura, como director del periódico El Nacional, Gilberto Bosques estaba muy bien informado, y quería estar en un punto estratégico, desde donde después tuvo la oportunidad de liderar el salvamento de miles de personas.

Fue nombrado Cónsul General de México en París por el General Cárdenas, y Laura recuerda con mucha claridad el día que llegaron a la capital francesa, procedentes de Nueva York.

“Llegamos a Paris el 31 de diciembre de 1938 y ahí estuvimos unos días. Ya se sentía un ambiente tenso, porque la gente sabía que podía estallar una guerra y efectivamente, estalló ese año.

En 1939, Laura tenía 15 años. Estallaba la Segunda Guerra Mundial, los alemanes ocuparon Francia y ellos tuvieron que trasladarse al sur, la parte “no ocupada” de Francia. El consulado mexicano tuvo que trasladarse a Marsella.

A Laura y sus hermanos, su papá siempre les dijo que no tuvieran miedo y ella dice que, pese a las circunstancias, nunca temieron.

“El mundo entero se fue a Marsella, mi papá con su consulado, pero su trabajo estaba ahí, los demás estaban de paso. Y ahí fue donde pasó todo lo que pasó, toda la protección, especialmente a los españoles”, recuerda.

Laura hace mucho énfasis en que, antes de que su padre pudiera conseguir los barcos para trasladar a la gente a México, primero la puso a salvo en donde pudo, incluyendo dos castillos.

“Él tomó hoteles, pensiones, para proteger a los españoles, pero era insuficiente. Entonces alquiló dos castillos, el Castillo de la Reynarde y el Castillo de Montgrand. En esos castillos pudo proteger a mucha gente”, cuenta.

Laura cuenta que cuando los alemanes toman por completo Francia, todos los diplomáticos latinoamericanos fueron entregados por los franceses a los alemanes, y trasladados a Bad Godesberg, Alemania, donde vivieron encerrados por casi dos años, a veces comiendo únicamente una papa al día.

A Laura le pesa un poco que la captura impidió que su padre pudiera proteger a más personas.

“No hay nada peor que la guerra, es muy triste, muy doloroso todo. Si ha habido más barcos, indudablemente viene más gente. Hasta que nos llevaron a nosotros mismos a Alemania, estaban protegidos todos”, dice.

En marzo de 1944, Gilberto Bosques y su familia regresaron a México, y fueron recibidos en la estación de ferrocarril Buenavista, en la Ciudad de México, por miles de españoles.

Laura cuenta que llegaron en tren desde Nuevo León, y que en cada estación que paraba el tren, se detenía más de la cuenta, pues españoles y judíos querían saludarlo.

Su padre estuvo en México un año y después fue enviado a Portugal, con la misión, nuevamente, de salvar españoles republicanos, para lo cual, llegó a un “pacto de caballeros”, nada por escrito, con el dictador Antonio Salazar.

“Era muy difícil, la misión más difícil que tuvo, él puso las cartas sobre la mesa y le dijeron que era imposible. Entonces dijo, ‘vámonos bajo palabra de honor’ sin nada escrito, y lo aceptó. Él alquilaba una casa en Lisboa, porque a veces tardaban los barcos, muchos salieron en avión, pero en esa casa esperaban mientras, pero salieron, y Salazar cumplió su palabra”, relata.

La historia que ha atestiguado le da a Laura elementos para sostener que México debe seguir con su tradición de asilo y brindar protección a quien lo necesite. Actualmente son los centroamericanos y los venezolanos.

“Ahora toca abrir las puertas a los latinoamericanos, a nuestros hermanos. México tiene una tradición y la sigue cumpliendo, porque además hay tratados escritos.

“México siempre fue abierto. Y seguirá, espero”.